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De la carta inconclusa de Martí...

Habían transcurrido 37 días desde el desembarco por Playita, cuando José Martí comenzó a redactar la última carta dirigida a su amigo Manuel Mercado.

Solo en las líneas finales se refiere a lo personal, y se disculpa por no haberle escrito desde su visita a México, en julio-agosto de 1894.

El resto de la misiva constituye una declaración de principios antimperialistas basados en el análisis de las circunstancias de aquellos momentos, la importancia de la guerra desatada el 24 de fe­brero de 1895 en el conjunto del enfrentamiento a las amenazas expansionistas estadounidenses, así como de la necesaria fundación de la república democrática en Cuba independiente, condición indispensable para afianzar cuanto se lograra en la contienda. Estas ideas hacen de la misiva inconclusa, el testamento político martiano.

La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida

Suelen dividirse los hombres que han dejado memoria de sí en aquellos que hacen y aquellos que cantan o piensan sobre lo que otros hicieron o simplemente sobre lo que pasa en su torno: poetas y aún filósofos -si por filósofo se entiende el que se siente obligado a dar cuenta del Mundo que encuentra, a la luz de una idea que lo juzga e ilumina-. Y no es frecuente que ambas cosas, la acción y su comentario, el hacer y la expresión se reúnan en un hombre solo. El hombre de acción, se ha dicho, piensa después de haber actuado y rara vez lo cuenta y menos aún, echa sobre sí la penosa tarea de descifrarlo. El hombre de acción suele destacarse por su mutismo.

Diríase que el hombre de acción y el poeta viven tiempos distintos y que mantienen una distinta relación con lo más decisivo de la vida, con la muerte. Al hombre de acción la muerte parece llegarle de improviso, le sobreviene como a un cazador cazado. A todo el que no medita o poetice, la muerte le llega de sorpresa. Mientras que al poeta y al meditador aunque no le hayan dedicado sus pensamientos, la muerte les llega desde adentro, de un modo íntimo, como la madurez natural de un fruto logrado, pues no se trata de un proceso de la conciencia, sino de la intimidad; y del modo en que se vive el instante, vaciándolo de su sentido recóndito, descubriendo su relación con el remoto instante ya ido, anticipando el porvenir. Poetizar es recordar; meditar más bien anticipar o anticiparse, viviendo de antemano, proyectando. Y es este doble movimiento de la intimidad el que parece crear ese modo de ir hacia la muerte, haciéndose amigo de ella, como la finalidad de la vida y no su brusco término.