Siempre presente haciendo Revolución

Capitán, combatiente, donde una boca grita libertad, donde un oído escucha, donde un soldado rojo rompe una frente parda, donde un laurel de libres brota, donde una nueva bandera se adorna con la sangre de nuestra insigne aurora. (Un Canto para Bolívar. Pablo Neruda.)

De él se habla en presente. El militar, el presidente, el líder, el hijo de doña Elena, el nieto de Maisanta: Hugo Rafael Chávez Frías, sigue recorriendo las calles de Vene­zuela, de su tierra adorada.

Está en todas partes. En los murales de las céntricas avenidas, en las pancartas, en las viviendas más hu­mildes de los cerros, o tatuado en la piel de los jóvenes.
Es admirado por sus seguidores y respetado por sus detractores. El niño arañero de los llanos venezolanos hi­zo de un país su vida y a ese pueblo se dedicó hasta el último aliento.
Se levantó contra los desmanes de la oligarquía venezolana y no pa­ró hasta cumplir su palabra de darle voz a quienes nunca la tuvieron. Fun­dó para ello el Movimiento Boli­variano Revolucionario 200 en 1982, y juró, bajo el Samán de Güere, iniciar la lucha para la construcción de una nueva Venezuela.

Guió a valerosos muchachos, que como él, no soportaban los desmanes de los gobiernos de turno. Así, diez años después del juramento, lideró la rebelión cívico-militar del 4 de febrero de 1992, génesis de la Revolución Bolivariana.

El “por ahora” pronunciado al asu­mir su responsabilidad en esos hechos fallidos fue el impulso necesario para que cada venezolano despertara de la letanía. Convencido de que la lucha armada no era la op­ción, inscribió su Movimiento V Re­pú­blica en el registro electoral.

Jugó con las mismas reglas de la llamada democracia representativa de la Cuar­ta República y fue electo presidente del país por primera vez en 1998. A partir de ese momento inició un proceso profundo de transformaciones en todos los ámbitos: social, político, económico, cultural y me­diático que se mantiene actualmente.

Sus enemigos no podían permitir a un revolucionario en el poder. No podía surgir un nuevo Árbenz, un nuevo Allende, un nuevo Fidel por estos lares. Deshacerse de él se convirtió en una obsesión. La violencia, la intriga, la manipulación, fueron las cartas jugadas por la oposición venezolana con el respaldo abierto de Estados Unidos para sacarlo del Go­bierno en el 2002.

No fue, sino el propio pueblo quien salió a las calles y rescató a su Pre­sidente. El fracaso del golpe de Es­tado en esos días de abril, lejos de amedrentarlo, lo convirtieron en el verdadero líder. Hubo un antes y un después de los sucesos del 2002.

Escribió con honores la historia latinoamericana y caribeña cual Bo­lí­var de estos tiempos. Vio en el Li­bertador su maestro, su guía. Tuvo en Fidel a un padre, un hermano, al amigo. Desde su primera visita a Cu­ba en 1994 se forjó una amistad entre dos grandes hombres.

Junto a otros líderes de la región como Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula Da Silva, cambiaron la fisonomía de estas tierras destinadas al olvido.

Fruto de esa alianza, nació en el 2004 el ALBA, como alternativa a la estrategia norteamericana de reacomodarse otra vez  y servirse de Amé­rica Latina y el Caribe. Luego, se fueron consolidando otros espacios re­gionales como Unasur, Mercosur, y la Celac, todos con la huella indeleble del líder bolivariano.

Pero más que por su legado político o social, a Chávez se le recuerda aquí por su carisma de llanero, su verbo encendido, su candidez hu­ma­na. Su perenne angustia por cumplirle a su pueblo. Dicen quienes lo conocieron que muchas veces sentía que araba en el mar en ese afán muy suyo de ser leal a los humildes.


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