Turismo USA-Cuba ¿Habrá subversión?

El Nuevo Herald en un artículo reciente desde sus primeras líneas, asoma una intención subversiva contra Cuba. Se denomina: «El turismo americano no minará al régimen de Castro», y aparece bajo la firma del académico ultraderechista de origen cubano José Azel.

Luego añade una línea que dispara las alarmas de quienes han seguido las relaciones entre ambos países.

¿Qué dice Azel?: «los turistas americanos ayudarán a impulsar un proceso democratizador en Cuba».

Esa excusa, junto al tema de los derechos humanos, han sido fichas claves de un sostenido complot hacia la isla.
Su intención no ha variado ni media pulgada, sepultar a la actual sociedad cubana, pero sí sus métodos para lograrlo.

El académico Azel añade que los turistas americanos transmiten sus valores cuando viajan al extranjero, «es una premisa auténtica».

Vale preguntar: ¿y cómo se las arreglarán para justificar los recientes asesinatos de integrantes de su comunidad negra a manos de policías blancos?

Y peor aún, el bochorno de que sus verdugos, de una forma u otra, hayan sido luego socorridos por autoridades racistas que allí pululan.

Pero Azel prosigue escribiendo: vemos a los turistas americanos transmitiendo las virtudes del gobierno democrático.

Aunque, llama la atención, no se deduce con certeza que tal función potencia a la ciudadanía en un régimen totalitario.

¿Acaso un dardo contra Cuba? ¿Se atrevería Azel a visitar un barrio negro de Nueva York o Missouri y preguntar allí qué entienden por régimen totalitario?

Luego expone que cada año dos millones de turistas de Canadá, Europa, América Latina y otros lugares han viajado a la Isla sin impactar en absoluto a su gobierno.

Como era de esperar, no habla del significado de lo que dice, pues implícitamente los sitúa como aliados del régimen que, para él, es «totalitario».

Además, se torna mudo frente a la confianza que tantos dispensan a una nación durante más de medio siglo vendida desde el Norte como una suerte de pequeño Infierno sobre el planeta.

Como parte de su jerigonza mental, Azel repitió que los gastos turísticos contribuyen a la supervivencia del régimen.

¿Motivo? Una vez más echó mano a viejos libretos para decir que el dinero fluye hacia «empresas controladas por los militares».

O sea, de acuerdo a este portavoz ultraderechista, en Cuba no hay firmas civiles, un punto menos para su muy deprimida credibilidad.

De acuerdo a José Azel, lo más importante para garantizar allí sus propósitos es que los visitantes sean —como les llama él— no estadounidenses, sino «americanos».

Agrega que no se explica la visión de ellos como únicos mensajeros efectivos de valores.

El único argumento es que tienen una vaga afinidad cultural e histórica, y por lo tanto, mejor dotados para transmitirlos al pueblo cubano.

Pero académicos no aceptaron la tesis alegando que, si tal semejanza existiera, se avendría mejor a turistas de América Latina y España.

A continuación, deslizó que los turistas americanos tienen limitadas relaciones con los cubanos, ya que la mayoría de los centros de recreación están en áreas aisladas «que controla Seguridad del Estado».

Por último, señaló que no está clara la disposición de muchos de ellos para invertir su tiempo de vacaciones en subvertir al régimen cubano.

Más adelante, como para serenar lo incómodo del tema, Azel escribe que la mayoría preferiría «relajarse con mojitos en las bellas playas de Cuba». 

Si aún existiesen ingenuos que no han captado la esencia del nuevo tramo de las relaciones entre ambos países, el profesor Azel los ilustra sin costo adicional.

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